Jordan Belfort tenía un sueño: volverse millonario.
Desde joven, supo que no quería un trabajo tradicional. Su primera incursión en el mundo de los negocios fue vendiendo helados en la playa, y aunque le iba bien, pronto descubrió que lo suyo era vender, pero a lo grande.
Con esta idea en mente, consiguió un puesto como corredor de bolsa en L.F. Rothschild, una firma respetada en Wall Street. Allí aprendió los secretos de la persuasión y cómo vender acciones con confianza. Sin embargo, su carrera se vio interrumpida cuando la empresa cerró y quedó desempleado.
Fue entonces cuando descubrió un oscuro rincón del mundo financiero: la venta de penny stocks (acciones de bajo valor y alto riesgo).
Belfort se dio cuenta de que los inversionistas ricos no estaban interesados en estas acciones, pero los pequeños inversionistas, sí.
Creó una estrategia en la que su equipo vendía estos papeles con promesas irreales de ganancias y, una vez que lograban inflar el precio, ellos mismos vendían antes de que colapsaran.
Así nació Stratton Oakmont, la firma de corretaje que pronto se convirtió en un monstruo financiero. A través de una mezcla de técnicas agresivas de venta, manipulación de precios y fraudes bursátiles, Belfort acumuló una fortuna.
Pero el dinero no solo trajo éxito. También desató una espiral de drogas, excesos y corrupción. Se volvió adicto a los quaaludes, consumía cocaína a diario y gastaba millones en fiestas desenfrenadas. Sus empleados lo adoraban, no solo porque los hacía ricos, sino porque promovía un ambiente de trabajo donde todo estaba permitido: sexo, drogas y un desenfreno absoluto dentro de las oficinas de Stratton Oakmont.
A medida que su riqueza crecía, su comportamiento se volvía más errático. Compró una mansión gigantesca, un helicóptero que terminó estrellando en su propio jardín y un yate que perteneció a Coco Chanel, el cual hundió en una tormenta por no hacer caso a las advertencias del capitán.
Pero mientras Belfort disfrutaba de su imperio, el FBI ya tenía los ojos puestos en él. Stratton Oakmont no solo estaba ganando millones, sino que lo hacía a través de fraudes masivos. Sus tácticas ilegales, la manipulación de precios y el pump and dump se habían vuelto demasiado evidentes.
Al notar que estaba en la mira de las autoridades, Belfort intentó esconder su dinero en cuentas bancarias en Suiza. Para ello, contrató a una red de contactos que incluía a su tía británica, quien pasaba grandes cantidades de efectivo a Europa. Pero la presión del FBI era cada vez mayor, y su círculo cercano comenzó a traicionarlo.
Finalmente, el gobierno tenía suficiente evidencia para derribarlo. En un intento de reducir su condena, Belfort aceptó colaborar con la justicia y delatar a sus socios. Fue condenado a 22 meses de prisión, una sentencia relativamente corta considerando la magnitud de sus crímenes.
Tras salir de la cárcel, lejos de desaparecer, Belfort se reinventó como conferencista y escritor.
Hoy da charlas sobre técnicas de ventas y persuasión, monetizando su historia y enseñando el arte de vender. Sin embargo, sigue siendo una figura polémica: muchos lo ven como un genio de las ventas, mientras que otros lo consideran un estafador que nunca pagó del todo por sus crímenes.